El dinero
EL DINERO
A lo largo de mi vida siempre he tenido cerca una sombra que jamás ha dejado de acecharme: el dinero. Nunca pude gozar de la tranquilidad que aporta su abundancia y siempre tuve que depender de él para intentar emprender cualquier acción que me proporcionara un mínimo de felicidad. Y no es que insinúe que sin dinero no se puede ser feliz: lo afirmo categóricamente.
El metal nos proporciona esa seguridad que tantas veces nos falta; su ausencia nos vuelve vulnerables a situaciones que quitan el sueño y, en ocasiones, hasta las ganas de vivir. Cualquier persona responsable necesita un respaldo económico para afrontar momentos comprometidos; quien sostenga lo contrario es un irresponsable que terminará recurriendo a la caridad ajena.
No hablo de ese dinero que solo sirve para la ostentación. Puedo pasar sin vacaciones, sin coche, sin un ático de lujo y sin joyas. Hablo del sustento diario. De ese dinero que sirve para pagar el alquiler, los impuestos, la Seguridad Social, la luz, el agua y, si aún sobra algo, la comida. Cada vez que ese chicle no se ha podido estirar lo suficiente, han aparecido las deudas, y esas sí que acarrean verdaderos dolores de cabeza.
Pedir dinero a un amigo y no poder devolvérselo es una de las situaciones más humillantes que existen. Esa relación acaba deteriorándose por muy buena voluntad que tengan ambas partes: el deudor no concibe no ser capaz de saldar la cuenta —ni siquiera poco a poco— y el benefactor termina pensando que su amigo, sencillamente, no tiene intención de pagar. No tener dinero y evidenciarlo equivale a quedarse sin red, sin amigos y sin allegados. Es entonces cuando la frase «es muy triste ser pobre, pero más triste es aparentarlo» cobra un significado tan cruel como incontestable.
